Aquello que no nos gusta hacer

Aquello que no nos gusta hacer

Naira, una seguidora del blog, escribe:

Hola, yo tengo una niña de tres años. Nunca la he castigado, pero últimamente cada vez con más frecuencia la amenazo cuando se porta mal (por ejemplo, andar descalza por el suelo frío en invierno). Son amenazas un poco veladas tipo: “¿quieres ir al parque? Pues pórtate bien”. Cada vez que lo hago me siento fatal. Siento que hago trampas, que es un recurso fácil que debería evitar. Pero no sé cómo. ¿Me ayudas?
Otro problema que tenemos es que duerme muy mal. Se despierta hasta 5 o 6 veces durante la noche (tiene rachas de 1 o 2 también) y me llama con cualquier excusa para que vaya a su habitación. A veces quiere que me quede o venirse ella a nuestra cama. Cuando no hay manera de que duerma y ya me he levantado 4 o 5 veces me meto en su cama, pero esa no es solución porque duermo fatal y me levanto hecha polvo. Creo que se despierta tanto porque tiene miedo o porque simplemente no quiere estar sola. El colecho no es opción porque cuando lo hemos hecho no hemos pegado ojo los adultos y ella se sigue despertando varias veces aunque duerma con nosotros. Si se volviera a dormir no sería problema, pero se pone a llorar y a veces no hay manera de tranquilizarla.
Para que se vuelva a dormir y deje de lloriquear a veces hay que amenazarla con apagar la luz (desde hace meses ya no hay manera de que duerma con la luz apagada). Y como decía antes, me siento fatal. Odio amenazarla. Pero no veo otra salida y a veces el agotamiento me puede cuando me ha sacado de la cama 3 o 4 veces en una noche.
¿Qué me recomiendas?

Ya sea en el ámbito de la crianza de los hijos o en cualquier otro, hacer algo que nos hace sentir mal no es sano, como mínimo desde el punto de vista emocional. Si lo pensamos sosegadamente, son muy pocas las ocasiones en que no queda más remedio que hacer algo en contra de nuestra voluntad. Y éstas, desde luego, no deberían implicar nunca a nuestros hijos.

Si en la crianza usamos métodos que nos hacen sentir mal, lo primero que debemos hacer es plantearnos por qué los seguimos utilizando. En el caso de las amenazas que comenta Naira, lo más habitual es que las empleemos porque es lo que hemos visto que hacen los demás con sus hijos (o lo que nuestros padres hicieron con nosotros) y que aparentemente funciona. Entonces conviene cuestionar si realmente “funcionan” tales métodos, o si son los que deseamos poner en práctica con nuestros hijos. Amenazar a la niña con retirarle un estímulo apetitivo (ir al parque) es igualmente una forma de castigo: la idea de no ir al parque si sigue comportándose de una determinada manera ya representa un estímulo aversivo para la niña, independientemente de que al final se cumpla o no la amenaza. Como ya abordé en la página Los castigos y sus efectos, éstos tienen multitud de consecuencias indeseables que deberíamos tratar de evitar.

Comprendiendo cómo aprenden los niños

Por otro lado, debemos ser honestos a la hora de imponer consecuencias (habitualmente llamadas “lógicas”) a los niños: ir al parque y portarse bien únicamente guardan algún tipo de relación a ojos del adulto; en otras palabras, es una relación arbitraria. El niño no comprende esta asociación, aunque sí llega a aprender que a una conducta (no portarse bien) le sigue un determinado castigo (no ir al parque). Éste es el motivo por el que la niña “se portará bien”, sin necesidad de comprender que ésa es la manera más deseable de relacionarse con su entorno. Es igualmente importante conocer y respetar los ritmos de desarrollo del niño, para no caer en el error de exigirles algo que todavía no están preparados para asimilar.

Una niña de tres años no tiene aún capacidad de comprender por qué no debe andar descalza, puesto que la contingencia entre andar descalza y coger un resfriado no es inmediata o casi inmediata, sino que la consecuencia natural (resfriado) aparece tras un largo período de tiempo. Ninguna razón que le demos, a esta edad, le servirá para comprender por qué no debe andar descalza sobre el suelo frío. Lo que sí puede aprender fácilmente es la asociación entre ir descalza y la reacción negativa de sus padres, por lo que la mayoría de las veces en que esté emocionalmente tranquila evitará dicha reacción. En cambio, cuando no se encuentre bien, una niña de tres años todavía no sabrá gestionar sus emociones adecuadamente, y puede ocurrir que rompa algunas reglas por culpa de su frustración.

En la página Educar sin castigar detallo otros métodos más respetuosos con el niño que el castigo o la amenaza. Siguiendo con el ejemplo de andar descalza, lo fundamental es controlar, antes de corregir, nuestras propias emociones. Esto facilitará una mayor predisposición del niño a corregir su conducta. A continuación, “conectar” con la niña: “Tengo la sensación de que no te encuentras bien, porque tú no vas descalza habitualmente. ¿Quieres contarme por qué te las quitado?”; para, después de escuchar, pasar a corregir con empatía y siendo razonables con la etapa actual de desarrollo de la niña: “Cuando yo tenía tu edad, tampoco me gustaba llevar zapatillas en casa. Pero este suelo es muy frío y debemos llevar todos las zapatillas”. Especialmente adecuado en estos casos es ofrecer alternativas limitadas de elección: “¿Quieres que busquemos unas zapatillas que te gusten y que te den ganas de no quitártelas nunca?”.

Igualmente, con esas edades un niño no es capaz de construir una “teoría de la mente” de los demás (la parte del cerebro encargada, el neocórtex, aún no se ha desarrollado lo suficiente). Es decir, no puede ponerse en el lugar de los demás, algo indispensable si el niño de verdad hiciera las cosas con intención de manipular a sus padres. Es muy extendida la creencia errónea de que los niños pequeños son manipuladores (¡incluso así son considerados bebés de apenas unos meses!).

Eliminando asociaciones indeseables

Algo que no siempre es fácil de llevar a cabo pero sí muy importante es detenernos por un momento a escuchar, con todos nuestros sentidos, lo que el niño trata de decirnos. La hija de Naira siente terror ante la sola idea de quedarse sola en su habitación a la hora de dormir. Y muy intenso debe ser ese miedo como para dejar de expresarlo “a cambio de” no quedarse a oscuras. El miedo es una emoción básica que genera mucha ansiedad y estrés en el niño, y cuya expresión por excelencia es el llanto. Reprimiendo el llanto únicamente estamos evitando la conducta (llorar), pero no la emoción (el miedo sigue “dentro” de la niña). Y si, además, tratamos de prevenirlo amenazando con una consecuencia aún más terrorífica (dejar la habitación a oscuras), el nivel de estrés en la niña se incrementará exponencialmente.

En esta situación, en la que los niveles de cortisona en el cuerpo de la niña son muy elevados a causa del estrés, es normal que el sueño no siga una pauta adecuada (¿cuántos de nosotros podemos dormir con normalidad si estamos con un alto nivel de activación al acostarnos?). La repetición en el tiempo de situaciones como ésta crean una fuerte asociación indeseable entre el sueño y los niveles de ansiedad en el niño. Por eso es probable que, aun habiendo intentado practicar el colecho con posterioridad al establecimiento de dicha asociación, la niña haya seguido despertándose durante la noche.

En este tipo de situaciones, mi consejo (y el de muchos terapeutas) es empezar por algo crucial: eliminar esa asociación, siempre negativa, entre sueño y ansiedad. En el caso particular que nos comenta Naira, lo más importante es tener claro que la niña no está tratando de manipular a sus padres, sino que de verdad siente terror ante el sueño. Si no es posible la práctica del colecho por cuestión de espacio, ya sea en la cama de los padres o en la de la niña, una posible opción sería colocar el colchón (o colchones) en el suelo y dormir algunas noches con la pequeña, al tiempo que transmitirle mensajes que le hagan sentir más segura (“No te preocupes, Mamá -o Papá- no te dejará sola”). Una vez que la pauta de sueño en esas condiciones se regularizara, se podría optar por esperar en la habitación hasta que la niña se duerma, y, en caso de despertares, acudir lo antes posible a consolarla, siempre de forma respetuosa. En todo este proceso, lo fundamental es que la niña se sienta segura, porque sólo así es como se vence al miedo. Con en el tiempo afrontará el sueño de manera más relajada.

Criar con apego no es fácil

No, llevar a la práctica la crianza con apego no es sencillo. Requiere por parte de los padres un esfuerzo mayor que los necesarios para otros métodos que se apoyan en herramientas, tan efectivas como irrespetuosas, tales como el miedo o la sumisión. En cambio, favorece el refuerzo del vínculo entre padres e hijos, al tiempo que respeta al niño como a cualquier otro miembro de la familia, es decir, con sus emociones, sus inquietudes, etc. Con todo, exigirnos demasiado no nos resultará de ayuda. Concedámonos ocasiones en las que flaquear, en las que la desesperación nos haga tirar por la borda todo lo que dice la teoría. En mi opinión, no es mejor padre quien menos falla en la crianza de sus hijos, sino aquel que de todos sus errores siempre obtiene una oportunidad de mejorar.

En esos casos no debemos olvidar la importancia de pedir perdón al niño e incrementar nuestras muestras de afecto en estas situaciones. En primer lugar porque los niños no son rencorosos, y cualquier muestra de cariño por nuestra parte tiene un efecto balsámico casi instantáneo. En segundo lugar, porque es fundamental para restablecer la conexión entre el niño y sus padres, base de la confianza mutua (los niños fuertemente conectados con sus padres tienen menos conductas indeseadas). Y, por último, porque no sólo nosotros podemos aprender de nuestros propios errores, sino también ellos: comprendiendo la relevancia de expresar el arrepentimiento, de empatizar con los demás y de ser autocríticos.

(Imagen de cabecera usada bajo licencia CC – Sharyn Morrow via Flickr)

Himar Viera

Apasionado de la crianza basada en el respeto y el cariño. Entusiasta y estudiante de Psicología. Mi mayor logro: ser padre. Me ha cambiado la vida.

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Crianza respetuosa Equilibrio personal y familiar

8 comentarios

  1. mariel dice:

    Excelente!!! Qué importante es recordar eso!! Estamos siguiendo el camino más difícil, no sólo porque exige un esfuerzo extra en tomar contacto con lo que estamos sintiendo, sino también porque no lo hemos experimentado como hijos.
    Me encantó eso de no ser mejores padres por no fallar, yo siempre digo que la única forma de no fallar nunca, es no hacer nada…
    Hace poco metí la pata a lo grande. Y fue tal cual como dices: pude ver el patrón de conducta que me hizo actuar así, pedirle perdón a Thiago… ahora estamos en el camino de perdonarme a mí misma y crear nuevas formas de actuar. Todo un viaje! No puedo más que estar agradecida con mi cachorro por abrirme esta ventana al cambio.
    Muchas gracias por el post, lo comparto

    • Nuestro cerebro siempre tiende a resistirse a los cambios, aunque sepamos que el cambio podría ser a mejor. Modificar algo tan importante como nuestra concepción sobre la crianza implica un esfuerzo. Pero hay esfuerzos cuya “recompensa” hace que valgan la pena, definitivamente. Aquello que creemos mejor para nuestros hijos es algo por lo que sin duda vale la pena esforzarse.

      Es muy, muy importante que nos respetemos y nos comprendamos primero a nosotros mismos. Mucha gente se desespera al ver que no hace bien las cosas con sus hijos y, de alguna manera, tira la toalla y opta por los métodos más tradicionales, que requieren menor esfuerzo. Es aquí donde aparece el indeseado exceso de exigencia, como tú tan acertadamente trataste en una de tus publicaciones, Mariel.

      Enhorabuena por tu actitud con Thiago y, sobre todo, por tu actitud contigo misma. Cuando te perdones por todo, no tendrás obstáculos para dar lo mejor a la crianza de Thiago.

      Como siempre, muchas gracias por pasarte y comentar. ¡Y por compartir! :-)

  2. BuggyMama dice:

    Me ha gustado mucho la entrada, aunque he de confesar que cómo bien dices, no es fácil…

    Muchas veces me sorprendo a mi misma haciéndolo, pero a veces sólo caigo después.

    Yo no soy de las que las que piensan que mi hija me quiere manipular, pero cuando veo que, por ejemplo, insiste en hacer algo y con toda probabilidad se va a caer, o insiste en acercarse a algo peligroso, me sale natural, no lo puedo evitar.
    ¿Algún consejo en estos casos?

    Saludos!

    • Mi consejo es quitarnos de la cabeza la palabra “consecuencias”, y dejar hablar a nuestro sentido común. Por supuesto que no queremos ni permitiremos que nuestra hija se caiga por las escaleras, ni que se queme con el fuego, ni que beba lejía.

      Pero otras consecuencias naturales sí pueden ser muy útiles (siempre que hayamos puesto al niño sobreaviso al respecto): tener hambre a media mañana es la consecuencia natural de no haber querido desayunar antes de ir al cole. Pero para llegar a esta conclusión no hace falta pensar en la palabra consecuencia, sino en ese sentido común (no desayuno, tendré hambre).

      Muchas gracias BuggyMama por tu fidelidad al blog y por comentar :-)

  3. Creo que me gustan mucho tus artículos porque son muy diferentes a los míos. Me ofreces algo alternativo. E información desde un punto de vista, el de psicólogo, que a veces a los mortales nos queda algo lejano. Algo de esto digo en la entrevista que me hicieron el otro día. Gran artículo, compañero.

    • A mi me pasa algo parecido con los tuyos, jejeje. Tengo que puntualizar que todavía no soy psicólogo. Estoy en ciernes, eso sí :-)

      Qué ganas de leer esta entrevista que te hicieron. Ya queda poco ;-) ¡Gracias por pasarte, comentar y compartir!

  4. Me ha parecido muy lógico todo lo que cuentas y además de una manera muy sencilla. Confieso que muchas veces, sabiendo lo que tienes que hacer no lo haces. Ya sea porque has tenido un día horrible o porque en ese momento no piensas con claridad o yo que sé, haces o dices algo que tú mismo te das cuenta que no tienes que decir o hacer, pero sigues hacia adelante. Y luego acabas arrepintiéndote.

    Como todo en esta vida, vas aprendiendo con prueba y error. A veces, vendría bien un duendecillo en tu hombro que te recuerde lo que tienes que hacer en cada momento.

    Muy buen post.

    • Ese duendecillo en realidad “existe”, y está en el interior de cada uno. Pero tenemos que desaprender primero para después aprender. Es un proceso que no es sencillo, pero que merece mucho la pena.

      Muchas gracias, compañero, por pasarte y comentar.

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