Omisión de privilegios como modo de castigo

Omisión de privilegios como modo de castigo

Crianza respetuosa Experiencias

Como comentario a la entrada ¿Significa la crianza respetuosa dejar a los niños hacer lo que quieran?, un seguidor del blog escribe:

“Me ha gustado bastante este articulo, lo considero muy util ahora en mi faceta de padre primerizo. Sin embargo, en el tema de los castigos discrepo un poco. Lo que pasa es que es una cuestión de vocabulario, mas que castigos yo abogaría por “privilegios que no obtienes por no hacer las cosas bien”, en lugar de “consecuencia negativa de algo mal que has hecho”. Pero claro está que es necesario que el niño comprenda lo que está bien y lo que no y que razone, aunque el razonamiento sea “me voy a quedar sin salir por no haber hecho las cosas bien”, a lo que se le puede dar la vuelta y puede entender “si hago las cosas bien hechas, a parte de que soy bueno y me hace sentir bien, encima me van a dejar salir”. Yo sí que estaría a favor de estos “castigos”, aunque la palabra sea malsonante, pero siempre aplicados desde el lenguaje positivo y razonando mucho, no “porque lo digo yo”, si no “porque tú mismo sabes que eso no ha estado bien”. Espero haberme explicado…” — Joan

Joan aborda un punto interesante en su mensaje en relación a la educación de los hijos, en general, y a los castigos en particular. Coloquialmente todos tenemos más o menos claro lo que se considera castigo, y es algo así como una consecuencia negativa, no natural -no usamos la palabra castigo si nos electrocutamos por meter los dedos en el enchufe-, a una acción (u omisión) en una determinada conducta. Seguir leyendo

Una pesadilla horrible

Una pesadilla horrible

Crianza respetuosa Experiencias

Anoche tuve una pesadilla horrible. De esas que te dejan con mal cuerpo, tras las que no sabes si dar gracias por haberte despertado o maldecir haberte acostado. Como el recuerdo de mis propios sueños me resulta tremendamente escurridizo, volátil, voy a describir en esta entrada cómo se desarrollaron los acontecimientos.

Recuerdo que estaba sentado en un restaurante muy bonito y confortable. Acababa de terminar de cenar y estaba observando el resto de mesas y los comensales que las ocupaban. Me llamó la atención en particular un señor trajeado, muy elegante, cenando sin compañía. No recuerdo con exactitud qué había degustado, pero sí llegué a ver que el plato contenía guisantes y alcachofas en alguna especie de salsa. En ese momento, el hombre hizo un gesto al camarero, quien se acercó a su mesa.

– Gracias, pero no quiero más. Retírelo, por favor.
– ¿Dice usted que no quiere más, señor?
– Exacto, no quiero más.

Entonces el camarero, el mismo que me había atendido a mi, adalid de la amabilidad, cambió radicalmente el semblante e inquirió:

– Pues tendrá usted que comérselo todo, señor.
– ¿Disculpe? –dijo el cliente con cara de perplejidad.
– Digo que será mejor que se lo coma.
– ¡No pienso comérmelo!
– Señor, le recomiendo que…
– ¡No me recomiende nada, maldita sea! ¡No pienso comérmelo!
– Está bien, no me deja elección.

El camarero levantó una mano y chascó dos veces los dedos. En menos de cinco segundos, dos fornidos empleados del restaurante se colocaron cerca de aquel señor elegante. Uno de ellos se situó detrás de la silla y sujetó fírmemente los brazos de aquel hombre contra su espalda, mientras que el otro le sujetaba la cabeza con sus inmensas manos, forzándole a que abriera su boca.

– ¡Pego gué demoniog eg egto! –apenas acertaba a decir el cliente.
– Lo siento, pero tiene que comer, señor.

El camarero cambió entonces el cubierto que había sobre la mesa por una cuchara grande que guardaba en el bolsillo de su camisa. Con un movimiento felino, fugaz, cargó la cuchara con toda la cantidad de comida que pudo, y la introdujo en la boca del cliente con una vehemencia del todo impropia.

– Trague, señor, ¡trague!
– ¡Ooooooooooo…!
– ¡Ésta por la abuelita! Diga “aaahhh”. ¿No se comería ésta por la abuelita?

Sorprendentemente, y a pesar de que aquel hombre pasaba ya de los 50 y, por tanto, era probable que no tuviera abuelos vivos, por unos segundos se calmó y llevó a la mirada a uno de esos puntos que no existen a los que todos miramos de vez en cuando. Seguramente su mente viajó súbitamente a algún recuerdo de su infancia… porque el hombre tragó aquella cucharada sin apenas pestañear. No tardó en darse cuenta de que el camarero intentaba manipularle, evocándole sensaciones agradables para favorecer su predisposición a comer.

– ¡A asta!
– No, no señor, se lo tiene que comer todo –dijo el camarero, que continuaba llenando y volviendo a llenar la boca del cliente. ¿Ve aquel señor de allí? Él se ha portado bien y se las ha comido todas. Las verduras son asquerosas, ya lo sé, pero es por su bien.

Entonces aquel hombre emitió un sollozo ahogado, y rompió a llorar de pura frustración y desesperación. Miraba a todos lados buscando ayuda, pero el resto de comensales seguían cenando como si nada estuviera pasando en aquella mesa central.

– ¿Ve? Si no está tan malo…

Tras dos cucharadas más, aquel señor elegante dejó de llorar. Pude observar cómo el empleado encargado de sujetarle la cabeza y abrirle la boca relajaba los músculos de sus brazos. Después, poco a poco, fue retirando las manos de la cabeza. Su compañero detrás de la silla también aflojaba progresivamente los brazos del cliente.

Entonces la mirada de aquel hombre elegante se perdió, pero esta vez en ningún punto, ni vivo ni muerto, ni ningún recuerdo, sino en el vacío. No dijo nada, no hizo ningún gesto, ni ningún intento por zafarse de aquella situación, comprendiendo por fin que de nada la serviría oponer resistencia. Entonces el camarero rebañó lo que quedaba de comida en el plato y acercó la cuchara a la boca del cliente.

Y el hombre abrió la boca, y tragó.


Fotografía de cabecera por © Sudhamshu Hebbar vía Flickr – Licencia CC

Por qué ignorar la conducta no es una buena idea

Por qué ignorar la conducta no es una buena idea

Crianza respetuosa

Desde hace un tiempo observo cómo es cada vez más popular la técnica de ignorar la conducta de los hijos cuando estos “se portan mal”. Aquí, como en tantos otros aspectos de la crianza, han tenido una especial repercusión ciertos programas de televisión que “enseñan” cómo debemos educar a nuestros hijos. ¿Que el niño está llorando desconsoladamente, chillando y tirando la comida, los cubiertos y el agua al suelo, con los ojos inyectados en sangre? “Ignóralo, no le hagas caso“. Eso si ha tenido la “suerte” de no ir directamente al “rincón de pensar”. Seguir leyendo

3 pasos para mantenerte en calma cuando tu hijo no lo está

3 pasos para mantenerte en calma cuando tu hijo no lo está

Crianza respetuosa Equilibrio personal y familiar

Ver a tu hijo ansioso, y particularmente si esa ansiedad está dirigida hacia ti, es la experiencia más emocionalmente perturbadora que hay. Espontáneamente aparecen pensamientos salvajes, sin ningún tipo de control, sobre un desastre épico. La rabia, las dudas sobre ti mismo y otros sentimientos destructivos nublan rápidamente tus pensamientos. ¿Y si pudieras arreglártelas para dejar esos pensamientos a un lado y, en un sentido análogo a la meditación, concentrarte en el momento, en recordar cómo respirar? Eso te ayudaría a centrarte en tu hijo, y en la situación inmediata en lugar de las implicaciones globales“. — Claudia Gold

Cuando tu hijo se muestra rebelde, da golpes o, simplemente, está ansioso o descontrolado, es natural que en nosotros cunda el pánico. Caemos en la “lucha, huida o bloqueo” porque lo sentimos como una emergencia. Y si la angustia de nuestro hijo está dirigida hacia nosotros, entonces parece como si se convirtiera en el enemigo. Seguir leyendo

El sesgo de las necesidades cubiertas

El sesgo de las necesidades cubiertas

Crianza respetuosa Experiencias

El pasado martes mi hijo y yo tuvimos, como cada semana, clase de patronatación. Ya llevamos muchos meses yendo a las clases y el pequeño cada vez se lo pasa mejor. Sin embargo, en esta ocasión no le apetecía mucho bañarse (quizá porque el agua estaba tan caliente que contábamos con nuestro propio frente con nubes de desarrollo en el techo de la piscina, o por cualquier otro motivo).

Si algo tengo muy claro es que no vamos a la piscina a pasar un mal rato. Ninguno de los dos. A él no le apetecía hacer ciertos ejercicios y yo no le forcé, sino que me limité a abrazarle hasta el siguiente ejercicio. Entonces nuestro “profe”, (majo donde los haya, por cierto; ¡un saludo, Gumersindo! -esto de cambiar los nombres para preservar el anonimato es súper molón-), acostumbrado, decía,  a escenas en las que los niños lloran en cuanto se separan de sus madres o no quieren hacer los ejercicios,  y sabedor de que a mi me interesan especialmente los aspectos psicológicos de la crianza, me dijo: “Himar, una pregunta: si un niño tiene sus necesidades cubiertas, ¿tiene sentido que llore y, consiguientemente, abrazarle y que no haga algo que quieres que haga?“. Seguir leyendo