El sesgo de las necesidades cubiertas

El sesgo de las necesidades cubiertas

El pasado martes mi hijo y yo tuvimos, como cada semana, clase de patronatación. Ya llevamos muchos meses yendo a las clases y el pequeño cada vez se lo pasa mejor. Sin embargo, en esta ocasión no le apetecía mucho bañarse (quizá porque el agua estaba tan caliente que contábamos con nuestro propio frente con nubes de desarrollo en el techo de la piscina, o por cualquier otro motivo).

Si algo tengo muy claro es que no vamos a la piscina a pasar un mal rato. Ninguno de los dos. A él no le apetecía hacer ciertos ejercicios y yo no le forcé, sino que me limité a abrazarle hasta el siguiente ejercicio. Entonces nuestro “profe”, (majo donde los haya, por cierto; ¡un saludo, Gumersindo! -esto de cambiar los nombres para preservar el anonimato es súper molón-), acostumbrado, decía,  a escenas en las que los niños lloran en cuanto se separan de sus madres o no quieren hacer los ejercicios,  y sabedor de que a mi me interesan especialmente los aspectos psicológicos de la crianza, me dijo: “Himar, una pregunta: si un niño tiene sus necesidades cubiertas, ¿tiene sentido que llore y, consiguientemente, abrazarle y que no haga algo que quieres que haga?“.

Yo mismo he visto en varias ocasiones como algunos pequeños de sus clases, tan pronto se meten en el agua, empiezan a llorar descontroladamente, aún incluso cuando están en brazos de su madre o padre. El profesor se refirió entonces a un caso especialmente complicado con una niña que se pasó la media hora al completo de sus primeras 6 o 7 clases llorando sin parar, y que en esta ocasión nadaba aparentemente tranquila en sus brazos: “Fíjate en ella. ¿Recuerdas sus primeras clases? Y mira ahora…“.

El pensamiento del profesor se me antoja bastante habitual en muchos padres y madres (y muchos que todavía no lo son). Yo mismo pensaba de esa forma. No me cuesta mucho esfuerzo recordarme afirmando: “es que precisamente eso es lo que quiere, llora para manipularte y que le cojas o le saques del agua, porque está claro que no tiene ni hambre, ni sed, ni sueño, ni el pañal sucio“.

Pues una sola cosa sí es completamente cierta de todo eso: el niño quiere que le cojas o le saques del agua porque no le apetece hacer ese ejercicio o estar dentro de la piscina. Las “necesidades cubiertas” a las que nuestro profe hace referencia (y yo también lo hacía) no abarcan todo el abanico de necesidades que tiene un niño de entre 6 y 18 meses. Hambre, sed, higiene y sueño constituyen necesidades físicas del bebé, pero no son las únicas: también tiene importantes necesidades afectivas o emocionales. En definitiva, cuando solemos referirnos a las necesidades del bebé cometemos un sesgo al tener en cuenta únicamente las necesidades físicas.

Lo irónico de todo esto es que a ninguno de nosotros, los adultos, se nos ocurriría descartar o infravalorar la importancia de nuestras propias necesidades afectivas (de cariño, de apoyo) o emocionales (de seguridad, de protección). Pero, en cambio, solemos minimizar (o incluso anular) la trascendencia que éstas tienen sobre el niño. Eso aún sabiendo, como sabemos todos, que los niños son seres especialmente sensibles. Pero rechazamos (sigo generalizando) abiertamente y sin reparo el que “lo único que quiere son brazos“.

Imagina que te apuntas a unas clases de vuelo para aprender a pilotar. Y que, en la segunda clase y tras el primer vuelo de familiarización, el instructor te dice: “yo me voy a quedar aquí abajo, y tú vas a hacer maniobras a ver qué tal se te dan“. ¿Cómo te sentirías? ¿Seguro? Si no te quedara más remedio (porque te lo imponen de alguna manera) que lanzarte a la aventura y pilotar el avión con sólo una hora de experiencia previa, ¿no pasarías cierto grado de miedo, de inseguridad? Y, con posterioridad a ese vuelo, ¿no podrías llegar a adquirir cierto terror a volar sólo a raíz de esa mala experiencia, de modo que en los sucesivos vuelos lo pasaras muy mal?

Eso sí, lo más probable es que acabaras acostumbrándote, adaptándote a lo que te han impuesto que hagas. Somos capaces de acostumbrarnos a cualquier cosa. Cuando, al llegar a tu quinta o sexta clase de vuelo, asimilaras definitivamente que rogar a tu instructor para que te acompañe no sirve de nada, tirarás la toalla y ya dejarás de seguir reclamando su presencia. Eso es lo que ocurre a la niña de la que hablaba nuestro profe de matronatación. Para ella nunca fue divertido ir a la piscina. Y se ha cansado de llorar (lo que equivale, con su edad, a decirle a sus padres “No quiero hacer esto“). Y ya acepta que es lo que tiene que hacer, aunque no le guste hacerlo.

Desde hace ya varias décadas la mayoría de los psicólogos y psiquiatras de todo el mundo enfatizan la importancia de cubrir las necesidades afectivas y emocionales en los niños, a cualquier edad. Por supuesto, no se trata de dejar que el bebé se caiga por las escaleras sólo porque le apetezca subirlas (el mío está ahora en esa etapa, subir y bajar la Torre Eiffel hoy por hoy le dejaría con sabor a poco), sino de tener en cuenta que más allá de sus necesidades físicas existen otras necesidades, las afectivas y emocionales, que también debemos tener cubiertas en la mayor medida posible.

Himar Viera

Apasionado de la crianza basada en el respeto y el cariño. Entusiasta y estudiante de Psicología. Mi mayor logro: ser padre. Me ha cambiado la vida.

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12 comentarios

  1. Sonia dice:

    Hola Himar,
    Muy claro tu post. Opino como tú y es como un Stivill de la natación: dejar llorar a los niños hasta que se cansen y se queden dormidos…el niño se agota porque entiende que sus necesidades no son atendidas, escuchadas y contenidas por parte de aquellos que deben cuidarla, escucharla y contenerla, entonces deja de llorar/gritar y así es como empezamos a anular en los niños la capacidad de escucharse y respetarse a sí mismos por encima de las voluntades ajenas.

    Una vez más, has dado en el clavo con este tema.

    Un abrazo!!

    • ¡Hola Sonia!

      Me ha encantado lo que has dicho en tu comentario, porque no puede ser más certero. El peligro que entraña todo esto es que son repercusiones “silenciosas” (porque no podemos ver sus efectos directamente en el momento) que tienen una importante repercusión en el niño.

      Muchas gracias a ti por pasarte por aquí. Me alegra mucho que te haya gustado el post :-) ¡Un abrazo!

  2. Nuria dice:

    Muy bueno el post!
    A mi me han ocurrido situaciones como está desde que nació mi primer hijo. Los niños desde bebés tienen muchas necesidades que se nos escapan y lo peor es que encima te “¿aconsejen?”sobre lo que tienes que hacer, que suele ser que pases olímpicamente de su necesidad.

    • ¡Hola Nuria!

      La verdad es que, pensándolo detenidamente, es bastante comprensible que algunas personas nos aconsejen sobre ignorar esos sentimientos. Hay que partir de la base de que la crianza de los niños hace 30 o 40 años era diferente a la de ahora, o, al menos, había mucha menos información que de la que hoy disponemos. Estoy convencido de que la mayoría de todos ellos de verdad piensan que no hay nada más que las cuatro necesidades físicas.

      Por suerte, cada vez hay más conciencia de que esto no es así, tanto a nivel popular como a nivel científico. Vamos por el buen camino :-)

      ¡Muchas gracias por leer y comentar!

  3. Mariel dice:

    Qué interesante Himar. Me dejaste pensando. Nunca me planteé que necesidades físicas y afectivas fueran de diferente prioridad. Sin embargo, leerte me hizo recordar los primeros días de Thiago, cuando lloraba mucho y yo no entendía por qué, “si no le pasa nada…”
    Creo que todos tenemos grabado algún chip para menospreciar las emociones y expresiones infantiles. Razón de más para estar alertas!
    Gracias por el post. Lo comparto.

    • ¡Hola Mariel! :-)

      Los primeros 18-24 meses del bebé son los más susceptibles para que los sentimientos de un niño tiendan a ser ignorados. Al no haber comunicación lingüística todavía, es fácil que muchos padres se ciñan únicamente a lo evidente, a lo que pueden comprobar objetivamente (tiene el pañal sucio, hace más de 6 horas que no duerme… etc.).

      Sin embargo, incluso después de la aparición del lenguaje muchos padres ignoran las necesidades emocionales de los niños. Ahí es donde entramos en juego todos, como sociedad, para concienciarles de que tales aspectos son también muy importantes para el desarrollo del niño.

      ¡Muchas gracias por leer, comentar, y compartir! Agradezco mucho tu fidelidad al blog :-) ¡Un abrazo!

  4. BuggyMama dice:

    Estoy totalmente de acuerdo con tu planteamiento!!!
    Pero te planteo como siempre un reto: Al bichito, el año pasado le encantaba la piscina, teníamos que pelearnos para que saliera y este año parece que le asusta un poco y no la convencemos de que se bañe. Por supuesto, yo no la fuerzo y si no le apetece pues nada pero me da un poco de pena que se pierda la diversión por el miedo a probar algo que le resulta extraño (evidentemente no se acuerda del año pasado).
    ¿Cómo puedo darle seguridad para que se le quite el miedo?

    Un abrazo!

    • Ojo, que va una pequeña fábula ;-) Recuerdo que cuando yo era pequeño me encantaban esos parques en el bosque con tirolinas, puentes de madera, escalada… etc. Disfrutaba a tope, y no tenía ningún miedo. Sin embargo, con los años he desarrollado un poco de vértigo.

      Hace unos tres o cuatro años, un pequeño grupo de amigos fuimos a uno de esos parques y, por desgracia, lo pasé mal. No disfruté nada, el vértigo pudo conmigo. Mis amigos me decían “no sabes lo que te pierdes”, e insistían, con toda su buena intención, para que lo intentara. Pero eso no hacía más que empeorar la situación.

      Ninguno de ellos me podía dar la seguridad suficiente para perder el miedo a subir, aún por mucho que quisieran. Y, si me hubieran forzado, seguro que habría tenido aún más miedo. Para poder sentirme seguro lo primero que necesitaría sería un clima de confianza y sin presiones.

      Si yo fuera el “bichito”, de momento desearía que mi madre tuviera paciencia y que me dejara recuperar la confianza tranquilamente, con el paso del tiempo. Al fin y al cabo, estando con ella cada vez me iría sintiendo más y más segura. Y seguro que, un día, el miedo desaparecería.

      ¡Un abrazo, BuggyMama!

  5. Genial tu post! y excelente la comparación que haces de las situaciones que pueden afectar a los niños y las que pueden afectarnos a nosotros, como adultos. Generalmente creemos que porque algo no nos afecta a nosotros, personas grandes, tampoco debería alterarlos a ellos. Un abrazo.

    • ¡Hola Monica!
      En muchas de mis publicaciones suelo establecer símiles como el de esta entrada. Porque considero que uno de los grandes errores en la manera de entender la crianza -en general- de los últimos 80 o 100 años es alejarnos emocionalmente de los niños, con argumentos del tipo “los niños son niños, cuando sean grandes ya ____”. Y, además, es curioso que nos olvidemos con tanta facilidad de que nosotros fuimos niños un día.
      ¡Muchas gracias por pasarte por aquí y comentar! :-)

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