Niño bueno, niño malo

Niño bueno, niño malo

A las personas nos gusta etiquetar a los demás. “María es inteligente y astuta“, “Manuel es terco“, “Ese niño es muy inquieto“. Más que gustarnos, el etiquetado social desempeña una función adaptativa en el ser humano: nos sirve para crear nuestros esquemas sobre los demás, los cuales son útiles para poder predecir su conducta de un modo muy “económico” (no necesitamos más que unos pocos datos para crearlos). Si a Pilar la considero una persona responsable porque es muy trabajadora, no sólo esperaré de ella que no desatienda su trabajo en la oficina, sino que además esperaré que también sea una persona responsable en su hogar y con sus amigos.

Uno de los heurísticos (atajos cognitivos) que utilizamos los seres humanos es el de “anclaje y ajuste“. Consiste en que, una vez que hemos etiquetado a una persona (“ancla”), nos volvemos resistentes ante aquella información que vaya en contra de nuestras creencias sobre ella, mientras que tenderemos a dar prevalencia a la información que las confirme (esto se conoce como “sesgo confirmatorio”), efectuando, si es necesario, pequeños ajustes en el etiquetado. Es decir, si considero a Juan una persona honesta, mi mente se resistirá a aceptar información contraria (por ejemplo, conocer que Juan mintió a un compañero de trabajo). De ahí el término “anclaje”. El resto de conocimientos que vayamos adquiriendo sobre Juan efectuarán pequeños “ajustes” sobre esa idea inicial que nos hemos formado.

Para ilustrarte cómo el etiquetado (en tanto elemento básico de nuestros esquemas mentales) ejerce una poderosa influencia sobre nosotros, te propongo un sencillo ejercicio. Supongamos que Eva, de 42 años, lleva toda su vida viviendo en un pueblo de unos 80 habitantes, tiene un cuerpo fornido, con manos grandes y desgastadas, y suele vestir con ropa cómoda (pantalones anchos y sueltos, camiseta y botas). Imagina que tuvieras que adivinar cuál es, de entre las siguientes opciones, la profesión de Eva:

  • Notaria
  • Agricultora
  • Maestra

No tengo ni idea de cuál es la profesión de Eva, porque es un personaje inventado, naturalmente. Lo más habitual en este caso es apostar por la opción agricultora, porque es la más congruente con nuestro etiquetado previo sobre Eva (persona de pueblo pequeño, fornida, trabajadora… etc.). De hecho, si Eva fuese notaria nos resultaría un tanto sorprendente. Estableceríamos el pequeño “ajuste” (no es agricultora, sino notaria), pero seguiríamos pensando que Eva debe ser de carácter fuerte, reacia a la vida en la ciudad, etc. (“anclaje”).

Centrándonos en el ámbito de la crianza, nuestro entorno y a veces nosotros mismos ponemos a los hijos etiquetas de forma sistemática: “ese niño es muy nervioso“, “esa niña es muy lista“, o “mi hijo me ha salido muy bueno“. Este etiquetado, más allá de su faceta adaptativa, tiene un doble efecto. Sobre los padres y sobre los hijos. Así, el etiquetado con nuestros hijos puede tener algunas consecuencias no deseadas y no fácilmente apreciables.

Consecuencias del etiquetado en los niños

El niño asume rápidamente las etiquetas que le asignan, y las hace suyas. Si un adulto, especialmente sus padres o educadores, le dice a un niño “eres muy vago, ¿cuántas veces tengo que decirte que recojas tus juguetes?”, éste dará validez a su etiqueta e interiorizará esta creencia, extendiéndola hacia otras situaciones de su vida diaria: “No se me dan bien los estudios porque soy un vago“. Estas auto-percepciones pueden dañar la autoestima del niño y dejar efectos residuales incluso a largo plazo.

Aunque no siempre, el etiquetado “positivo” también puede ser contraproducente, especialmente si se suelen emplear como “premios”, o de forma muy recurrente. El niño al que sus padres suelen decir que “es muy listo” puede sentirse muy frustrado si un día no sabe cómo resolver un problema de matemáticas o un puzzle. Además de la frustración por no llegar a completar la tarea, sentirá que ha “decepcionado” a unos padres que esperan de él que sea capaz de completar las tareas con solvencia. Otro ejemplo sería el caso de Marta: sus padres no tienen reparos en alabar en su presencia lo bien que se porta durante las visitas. Si un día Marta no se encuentra bien (física o emocionalmente) y tiene “una mala tarde”, también sentirá haber decepcionado a sus padres por no haberse “portado bien”.

Posteriormente, ese niño se convertirá en un adolescente, etapa en la que la búsqueda de su identidad será un objetivo clave. Y un aspecto fundamental para formar una identidad segura es su auto-concepto. Si el niño ha interiorizado las etiquetas impuestas por los demás, y especialmente por sus padres o cuidadores, alcanzará lo que se conoce como “identidad hipotecada” (son los demás los que han moldeado su auto-concepto).

Consecuencias del etiquetado en los padres o educadores

Por el mismo principio de “anclaje y ajuste”, las etiquetas que ponemos a nuestros hijos van a repercutir directamente sobre nuestra conducta y nuestras expectativas sobre ellos. En este caso no es necesario que el niño haya escuchado las etiquetas que le asignamos, sino que es suficiente con que éstas residan en nuestra mente. Si yo considero que mi hija es cabezota, estaré generalmente predispuesto a pensar que no razona, que se limita a argumentar mediante impulsos y no mediante razonamientos, aunque haya casos en los que sus argumentos sean totalmente válidos.

Las expectativas falsas o irreales representan otro de sus principales peligros. Un ejemplo muy habitual es el de aquellos padres que consideran que su hijo de dos años y medio es muy ordenado. Ningún niño de esa edad es “ordenado”, puesto que “ser ordenado” es un concepto abstracto que todavía está lejos de desarrollarse en su mente. Otra cosa diferente es que encuentre divertido “meter sus juguetes en el cesto”. Pero eso no es ser ordenado. Luego, llegará un día en que el niño deje de encontrar divertido meter los juguetes en el cesto, y sus padres dirán “no lo entiendo, antes recogía su habitación, ¡y ya no quiere!”.

Pero entonces, ¿debemos evitar las etiquetas?

No. Como decía más arriba, el etiquetado es una herramienta muy útil para los seres humanos, que nos ayuda a predecir, con muy poca información, la conducta de los demás. Puesto que consumen muy pocos recursos cognitivos, los juicios que hacemos con ellas sobre los demás pueden ser o no incorrectos, pero generalmente nos serán válidos en un momento determinado. Entonces conviene preguntarnos: ¿nos interesa establecer ese amplio margen de error de percepción hacia nuestros hijos en nuestra relación con ellos?

Las etiquetas limitan nuestra capacidad para valorar aspectos de la personalidad del niño que no son compatibles con ellas. También pueden distorsionar la realidad del niño y, en el caso de las etiquetas negativas, dañar su autoestima y erosionar nuestra relación con ellos.

Conocer cómo funcionan las etiquetas en la mente del niño y en la nuestra propia nos ayudará a adecuar mejor su uso, minimizando sus riesgos y manteniendo intacta la conexión entre padres e hijos.

Himar Viera

Apasionado de la crianza basada en el respeto y el cariño. Entusiasta y estudiante de Psicología. Mi mayor logro: ser padre. Me ha cambiado la vida.

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6 comentarios

  1. BuggyMama dice:

    Creo que yo he tenido que luchar mucho en mi vida contra las etiquetas, también contra las positivas.. Este post me ha removido por dentro.. Espero poder hacerlo de modo que a mi hija no le pase lo mismo…

    Un abrazo!

    • Hola BuggyMama,

      Seguro que lo conseguirás. Una vez que comprendes que, aunque parecen inofensivas, pueden resultar perjudicales, ya tienes las herramientas necesarias para prevenir sus consecuencias indeseables.

      No sé si alegrarme o culparme por haberte removido por dentro. Pero desearía que fuera para bien :-)

      ¡Un abrazo y gracias, como siempre!

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