Por qué ignorar la conducta no es una buena idea

Por qué ignorar la conducta no es una buena idea

Desde hace un tiempo observo cómo es cada vez más popular la técnica de ignorar la conducta de los hijos cuando estos “se portan mal”. Aquí, como en tantos otros aspectos de la crianza, han tenido una especial repercusión ciertos programas de televisión que “enseñan” cómo debemos educar a nuestros hijos. ¿Que el niño está llorando desconsoladamente, chillando y tirando la comida, los cubiertos y el agua al suelo, con los ojos inyectados en sangre? “Ignóralo, no le hagas caso“. Eso si ha tenido la “suerte” de no ir directamente al “rincón de pensar”.

Ignorar una conducta no es hacer frente a ella, sino huir de ella. Al ignorarla, esperamos que llegue un momento en que deje de producirse. “Cuando se de cuenta de que no le hago caso, se cansará”. En función de qué hagamos los padres una vez haya pasado la crisis en el niño, podemos:

  1. Ignorar la conducta sin guiarle después. En este caso, el niño no aprende que la conducta está mal y no debe repetirse. Tampoco han sido escuchadas sus necesidades emocionales o motivacionales, ni tampoco ha sido guiado por sus padres para aprender a controlar sus emociones.
  2. Ignorar la conducta guiándole después. Una vez superada la crisis, se explica al niño por qué ha sido ignorado y por qué no debe repetir esa conducta. Sin embargo, en este caso tampoco se han tenido en cuenta las emociones del niño, las necesidades que le han llevado a tener ese comportamiento. Sus emociones le han desbordado, y sus padres, lejos de estar a su lado acompañándoles, le han ignorado.

Detrás de cada conducta, y especialmente de aquellas indeseables, hay una motivación o necesidad que impulsa al niño a llevarla a cabo. Ignorar la conducta es ignorar las motivaciones, las emociones que llevan al niño a comportarse de una determinada manera. En otras palabras, es no darle importancia a cómo se siente, ni a cómo ayudarle para que tal conducta no se vuelva a repetir.

Como padres, ignorarle significa eludir parte de nuestra responsabilidad. Puede que sí enseñemos que la conducta está mal, pero no enseñamos cómo regular sus emociones en esos momentos. También significa no aceptar que los niños viven las emociones mucho más intensamente que los adultos, especialmente durante sus primeros años.

Además, desde un punto de vista educativo, ignorar una conducta siempre ofrecerá unos resultados más lentos que hacer frente a ella de forma empática y respetuosa.

¿Ignorar para no reforzar?

El pretexto fundamental por la cual se decide ignorar la conducta de un hijo suele ser no reforzar su comportamiento. Efectivamente, el reforzamiento es crítico en el aprendizaje de los niños, y si ante una conducta indeseada el niño observa que no sólo “no pasa nada” sino que además “obtengo lo que quiero” (quizás porque los padres no tienen fuerzas para discutir o corregir al niño), en el futuro se repetirá dicho comportamiento. Se habrá reforzado.

¿Significa eso que cualquier otra actitud por nuestra parte que ofrezca atención y disponibilidad al niño reforzará su mal comportamiento? De ninguna manera. Pido al lector que se imagine que es un niño de 8 años, que está acostumbrado a cenar mientras ve la televisión, y cuyos padres deciden, a partir de ahora, cenar con la televisión apagada. Como es previsible, el niño se enfada porque cenar sin ver la televisión es “muy aburrido”. Entonces se produce una discusión y el pequeño empieza a gritar y tirar la comida al suelo, negándose a cenar.

¿Qué opción, de las siguientes, preferirías que emplearan tus padres?

  1. Uno de los padres se agacha a tu altura y te dice que entiende que estés muy frustrado. “Comprendo cómo te sientes, yo me sentiría igual. Hasta ahora siempre hemos cenado con la televisión puesta pero creemos que es mejor dejarla apagada para contarnos cómo ha ido el día“. Te ofrece su apoyo sin agobiarte, permaneciendo a tu ladohasta que te sientas un poco mejor“.
  2. Uno de tus padres -o ambos-, para evitar que sigas tirando comida al suelo, grita “¡está bien!” y te enciende la televisión.
  3. Tiras la comida al suelo y tus padres no parecen inmutarse. En vista de que lanzando el brócoli al suelo no consigues alertarles sobre tu enorme frustración (¡hasta ahora siempre la habíamos dejado encendida!), pruebas a lanzar el agua. Y sigue sin pasar nada. Entonces tiras el vaso. Y lo siguiente que ocurre es que te llevan al rincón de pensar, para que “pienses en lo que acabas de hacer“. Pasas el tiempo que tus padres consideran necesario en él, y a continuación te dicen que “tirar la comida al suelo está mal“.
  4. La situación transcurre como en c), y transcurrido el tiempo en el rincón de pensar, te llaman para que vayas a jugar con tu hermano, preguntándote primero “si has pensado sobre lo que ha sucedido y si lo volverás a hacer” (¿acaso es esperable en una situación así que respondas con que sí volverás a hacerlo?).

¿Con qué opción crees que te sentirías más impulsado a repetir tu conducta indeseada? Seguramente, no con la a). Tener a tus padres a tu lado mientras experimentas tu frustración y el sentirte comprendido, refuerza el vínculo que te une a ellos, y te anima a expresar mejor tus sentimientos. Si confías en que tus padres te comprenden, estarás más dispuesto a colaborar con ellos.

Bueno, a decir verdad, sí que hay refuerzo en la opción a): el de conexión emocional entre padres e hijos.
(Imagen de cabecera via ShutterStock)

Himar Viera

Apasionado de la crianza basada en el respeto y el cariño. Entusiasta y estudiante de Psicología. Mi mayor logro: ser padre. Me ha cambiado la vida.

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Crianza respetuosa

4 comentarios

  1. BuggyMama dice:

    ¡¡Qué interesante como siempre!! Estoy muy de acuerdo con el planteamiento, intento hacerlo así siempre pero a veces me ocurre que mi hija está tan disgustada que no escucha lo que intento decirle. Está en esa etapa de los 2 años en pleno apogeo de rabietas y las vive con muchísima intensidad, me siento bastante mal de verla pasarlo mal… ¿alguna idea?

    Un abrazo!

    • Es que no siempre debemos intervenir para que se sienta apoyada. El objetivo no es atosigar, sino acompañar. Que tenga plena conciencia de que estamos ahí, a su lado, para cuando nos necesite, y comprendiendo lo que le ocurre. Algunas veces querrá que le abraces y otras que la dejes en paz.

      La idea que te propongo es que “abraces” las rabietas como algo necesario y que, bien gestionadas, pueden resultar muy educativas. Mi peque ya las tiene a menudo y, aunque no es nada agradable verle mal, pienso que una vez superada la rabieta se sentirá muy bien sabiendo que sus padres le han acompañado y arropado en todo momento.

      ¡Gracias por tu comentario, BuggyMama!

  2. alejandra dice:

    mi niño no hace muchas rabietas, pero cuando las tiene son terribles. a mi personalmente no me molesta mucho, porque lo acepto y lo entiendo. lo que realmente me incomoda es la critica de mis padres, que cuando mi hijo tiene el menor llanto aprovechan para recalcar lo mal que según ellos lo crío.

    • Desgraciadamente, muchos padres tratan de interferir en la educación de sus nietos mucho más de lo que les corresponde, sea por el motivo que sea (bien porque quieran enmendar errores cometidos con sus propios hijos, por errores que cometieron sus padres con ellos mismos, etc.).

      Pero es nuestra responsabilidad también como padres dejar claro que nosotros decidimos cómo deseamos criar a nuestros hijos, y que querernos a nosotros implica respetar la manera que decidimos hacer las cosas, estén o no estén de acuerdo. A veces, y dependiendo sobre todo del tipo de relación que tengamos con ellos, puede resultar muy violento para nosotros dejar este tipo de cosas claras, pero considero que es muy importante hacerlo, y cuanto antes, mejor. Es importante que no critiquen vuestras decisiones sobre todo delante del niño, porque no harán más que confundirlo.

      Te animo a que hables con ellos, te sinceres y les digas abiertamente que tú tienes tu manera de criar y que deben respetarla.

      Muchas gracias por comentar, alejandra.

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