Resistencia ante el impulso de pegar (en hijos y padres)

Resistencia ante el impulso de pegar (en hijos y padres)

“He estado indagando en el motivo de que mi hijo pegue y hay varias causas. Una de ellas en el cole. Sale muy violento del cole a diario, porque allí juegan pegándose. Y con 20 niños en clase, las profes no dan más de si. Yo alguna vez le he dado algún azote, hace mucho que ya no lo hago, se me escapó alguno instantáneo cuando la hermana era muy bebe y la hacía daño intencionadamente. Es que ni lo pensaba, me salía automático, era como un instinto de protección. Luego lloraba yo y me arrepentía, pero claro, el daño ya estaba hecho. Y a lo mejor él siente que si a él le puedo pegar, él puede pegar a la hermana.” — Miriam

Me produce mucha tristeza que en algunos colegios permitan que los niños jueguen pegándose. Comprendo que para un único docente controlar a 20 o 25 niños simultáneamente puede ser muy difícil, pero esto no viene a ser más que un indicador más de que algo no está funcionando bien en las escuelas. Obviamente, “jugar” pegando influirá de algún modo en el niño. Pero ni siquiera en ese caso un niño emocionalmente equilibrado mostraría tendencia a querer pegar a su hermana. Debe haber algo más en su interior que le hace sentir la “necesidad” de hacerlo.

Es completamente comprensible que alguna vez se nos pueda llegar a escapar algún azote, de forma automática, instintiva, especialmente si en tu infancia tú también los recibiste. En mi caso particular fue así, y, sin darme cuenta, en mi cabeza se estaba grabando a fuego un mensaje muy peligroso: “de las situaciones límites, se sale con violencia”. Y, por tanto, si mis padres habían tenido que recurrir a la violencia conmigo, entonces yo debía de ser un niño “muy malo”, y me lo merecía. Y de estas cosas no te das cuenta hasta que pasas a ser tú quien es llevado al límite por tus hijos, momento en el que la mano salta mucho antes de que puedas detenerla.

En mi caso particular, esto empecé a notarlo durante el embarazo de mi hijo. En casa tenemos dos perros más o menos grandes, y una de ellos, un poco más activa porque era cachorro por esa época, a veces me sacaba de mis casillas. Un día, mucho antes de que pudiera darme cuenta de lo que iba a hacer, le di un azote en el “culete” con la palma de la mano. A los dos segundos de haberlo hecho, me quedé paralizado, maldiciéndome por lo que había hecho. Y, con todo, pasados unos días tuve otra situación estresante con ella, y se me volvió a “escapar” la mano, a pesar de que había prometido que jamás volvería a hacerlo. Lo que quiero decir con esto es que a veces es muy difícil deshacernos de toda la carga que acumulamos desde nuestra infancia, aún incluso proponiéndonoslo. Y requiere tiempo y esfuerzo, mucho.

Pero, sinceramente, no me culpo por esos deslices que ya, por fin, no volvieron a repetirse más. Los acepto como acepto mis limitaciones como ser humano, y también como persona que carga (feliz y conscientemente, y por voluntad propia, pero carga al fin y al cabo) con la responsabilidad de dar lo mejor a seres para los que simplemente lo eres todo. Y me enorgullezco de haber decidido firmemente no hacer algo que, aunque aprendido, realmente no quería hacer. Me costara lo que me costara, en tiempo y esfuerzo. Vamos, lo que Miriam también ha hecho con su hijo.

Con todo, hay que tener en cuenta que los castigos, especialmente (aunque no sólo) los físicos son auténticas bombas que minan la conexión entre nosotros y nuestro hijo, además de su confianza y autoestima. El daño que ocasionamos en el niño va mucho más allá de lo que aparentemente vemos; claro, porque de no ser así, si todo el mundo tuviera bien claro el verdadero daño resultante de pegar o de castigar, nadie lo haría. A veces, reparar ese daño lleva mucho, mucho tiempo, y mucho trabajo.

Tanto si crees que tu hijo siente que si puedes pegarle a él, él puede hacer lo mismo con su hermana, como si no, lo prioritario sería:

  1. Anular la validez de la violencia en todo tipo de contexto. Puedes tener una conversación con él en la que te abras y le pidas perdón: “Cariño, sé que algún día te pegué, y que eso debió de disgustarte mucho. En esas veces me puse muy nerviosa e hice algo que jamás habría querido hacer, porque nunca, jamás, se debe pegar a nadie. Me arrepiento mucho de ello y espero que me perdones“.
  2. Fomentar su empatía hacia las personas agredidas por él, es decir, que aprenda a situarse como si estuviera dentro de su hermana mientras es pegada. Para ello, un día que pegue a su hermana puedes acercarle a ella (pero estando lo suficientemente separados para evitar otra posible agresión) y decirle: “Acabas de pegarle a tu hermana. ¿Cómo crees que se siente ella ahora mismo? ¿Cómo estarías tú ahora mismo si fueras ella?“. Es preferible que sea él quien infiera los sentimientos de la otra persona, en lugar de ponerle nosotros nombre a esas emociones.

En ambos casos es primordial que tú mantengas la calma y la cercanía emocional con el niño, de modo que él vea claramente que comprendes su frustración y que no es una mala persona por lo que ha hecho. Si este punto no lo conseguimos, de prácticamente nada servirán nuestros esfuerzos, porque el niño no querrá colaborar con alguien enfadado con él o que puede pensar que es un “niño malo”.

No hay que olvidar que un niño con un mal comportamiento es un niño con alguna necesidad afectiva o emocional no satisfecha, y no un “niño malo”. Tan pronto como consigamos equilibrar su estado de ánimo y nuestra conexión con él, conseguiremos recuperar el máximo nivel de influencia que necesitamos para educarle con límites, cariño y respeto.

(Imagen de cabecera via ShutterStock)

Himar Viera

Apasionado de la crianza basada en el respeto y el cariño. Entusiasta y estudiante de Psicología. Mi mayor logro: ser padre. Me ha cambiado la vida.

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3 comentarios

  1. Ana dice:

    Sólo tengo una palabra: GRACIAS!! Gracias por atreverte a decir q en alguna ocasión se te escapó la mano. Mi problema son los gritos. Me prometo no volver y en situación de tensión, se me escapa. Seguiré leyendote y aprendiendo.

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