Una pesadilla horrible

Una pesadilla horrible

Crianza respetuosa Experiencias

Anoche tuve una pesadilla horrible. De esas que te dejan con mal cuerpo, tras las que no sabes si dar gracias por haberte despertado o maldecir haberte acostado. Como el recuerdo de mis propios sueños me resulta tremendamente escurridizo, volátil, voy a describir en esta entrada cómo se desarrollaron los acontecimientos.

Recuerdo que estaba sentado en un restaurante muy bonito y confortable. Acababa de terminar de cenar y estaba observando el resto de mesas y los comensales que las ocupaban. Me llamó la atención en particular un señor trajeado, muy elegante, cenando sin compañía. No recuerdo con exactitud qué había degustado, pero sí llegué a ver que el plato contenía guisantes y alcachofas en alguna especie de salsa. En ese momento, el hombre hizo un gesto al camarero, quien se acercó a su mesa.

– Gracias, pero no quiero más. Retírelo, por favor.
– ¿Dice usted que no quiere más, señor?
– Exacto, no quiero más.

Entonces el camarero, el mismo que me había atendido a mi, adalid de la amabilidad, cambió radicalmente el semblante e inquirió:

– Pues tendrá usted que comérselo todo, señor.
– ¿Disculpe? –dijo el cliente con cara de perplejidad.
– Digo que será mejor que se lo coma.
– ¡No pienso comérmelo!
– Señor, le recomiendo que…
– ¡No me recomiende nada, maldita sea! ¡No pienso comérmelo!
– Está bien, no me deja elección.

El camarero levantó una mano y chascó dos veces los dedos. En menos de cinco segundos, dos fornidos empleados del restaurante se colocaron cerca de aquel señor elegante. Uno de ellos se situó detrás de la silla y sujetó fírmemente los brazos de aquel hombre contra su espalda, mientras que el otro le sujetaba la cabeza con sus inmensas manos, forzándole a que abriera su boca.

– ¡Pego gué demoniog eg egto! –apenas acertaba a decir el cliente.
– Lo siento, pero tiene que comer, señor.

El camarero cambió entonces el cubierto que había sobre la mesa por una cuchara grande que guardaba en el bolsillo de su camisa. Con un movimiento felino, fugaz, cargó la cuchara con toda la cantidad de comida que pudo, y la introdujo en la boca del cliente con una vehemencia del todo impropia.

– Trague, señor, ¡trague!
– ¡Ooooooooooo…!
– ¡Ésta por la abuelita! Diga “aaahhh”. ¿No se comería ésta por la abuelita?

Sorprendentemente, y a pesar de que aquel hombre pasaba ya de los 50 y, por tanto, era probable que no tuviera abuelos vivos, por unos segundos se calmó y llevó a la mirada a uno de esos puntos que no existen a los que todos miramos de vez en cuando. Seguramente su mente viajó súbitamente a algún recuerdo de su infancia… porque el hombre tragó aquella cucharada sin apenas pestañear. No tardó en darse cuenta de que el camarero intentaba manipularle, evocándole sensaciones agradables para favorecer su predisposición a comer.

– ¡A asta!
– No, no señor, se lo tiene que comer todo –dijo el camarero, que continuaba llenando y volviendo a llenar la boca del cliente. ¿Ve aquel señor de allí? Él se ha portado bien y se las ha comido todas. Las verduras son asquerosas, ya lo sé, pero es por su bien.

Entonces aquel hombre emitió un sollozo ahogado, y rompió a llorar de pura frustración y desesperación. Miraba a todos lados buscando ayuda, pero el resto de comensales seguían cenando como si nada estuviera pasando en aquella mesa central.

– ¿Ve? Si no está tan malo…

Tras dos cucharadas más, aquel señor elegante dejó de llorar. Pude observar cómo el empleado encargado de sujetarle la cabeza y abrirle la boca relajaba los músculos de sus brazos. Después, poco a poco, fue retirando las manos de la cabeza. Su compañero detrás de la silla también aflojaba progresivamente los brazos del cliente.

Entonces la mirada de aquel hombre elegante se perdió, pero esta vez en ningún punto, ni vivo ni muerto, ni ningún recuerdo, sino en el vacío. No dijo nada, no hizo ningún gesto, ni ningún intento por zafarse de aquella situación, comprendiendo por fin que de nada la serviría oponer resistencia. Entonces el camarero rebañó lo que quedaba de comida en el plato y acercó la cuchara a la boca del cliente.

Y el hombre abrió la boca, y tragó.


Fotografía de cabecera por © Sudhamshu Hebbar vía Flickr – Licencia CC